02/07/2023 - Tomás Abraham:
“El pueblo querrá comer, disfrutar, fiesta, pero saber no quiere”
El filósofo argentino acaba de publicar “Diario de un abuelo salvaje”. En diálogo con Infobae Leamos, habló de los cambios que hubo a partir de la pandemia, de la vejez, de la “ternura fascista”, de la cancelación y de las redes sociales. “Ya no tengo ganas de pelear por pelear”, dice

Tomás Abraham vivió la Noche de los Bastones Largos y el Mayo Francés en el 68. Es filósofo, sociólogo, y ha publicado más de 25 títulos, entre ellos La guerra del amor, Historia de una biblioteca, La máscara Foucault, La matanza negada (autobiografía de mis padres), El deseo de revolución y Aburrimiento y entusiasmo (y otras cuestiones filosóficas) ―que se puede adquirir de forma exclusiva en Bajalibros―. Pero la pandemia lo dejó “consternado”. El mundo se sacudió y su vida personal (una angioplastía, triple bypass y una operación a corazón abierto), también. Y del registro diario de esos años en que la vida se volvió intensa, entre el encierro y los cambios, nació su nuevo libro, Diario de un abuelo salvaje.
Editado por El Ateneo, en este “libro mestizo, trans, entre autobiografía y ensayo de ideas”, tal como él mismo define, Abraham recreó una memoria filosófica, un recorrido entre la incertidumbre, el horror y las reflexiones sobre la vejez, la familia, el amor, el poder, el tiempo, los recuerdos y el “tiempo suspendido” de la internación.
En las casi 300 páginas de Diario de una abuelo salvaje, el intelectual da cuenta de los cambios a partir de la pandemia: deja de estudiar, extraña, llora, también es feliz. Y escribe con un registro distinto. “Me pasé la vida peleando, con fricciones, rispideces y no tengo ganas de estar como un francotirador”, dice Abraham a Infobae Leamos y sigue: “En este momento mi deseo es poder aportar algo”.
El filósofo también dirá en este diálogo que vivimos en una sociedad hipocondríaca, que durante la pandemia los adultos mayores eran tratados como idiotas y discapacitados, que hay una meritocracia existencial, que tratar de “abuelitos” y mandarlos a cocinar era una “ternura fascista”―tema que también exploró en el capítulo “Operación Ternura” de su libro Historias de la Argentina deseada―, que está en contra de los que acuñaron el término “infectadura”, que hay un desprecio por la libertad, y también sobre las redes sociales, el clima electoral y la democracia en crisis. Dijo mucho más, pero vamos por partes.
Abraham recibe a este medio en su oficina ubicada entre Palermo y Chacarita para conversar sobre Diario de un abuelo salvaje, sus escritos en primera persona, entre lo íntimo y lo público, que van desde junio de 2020 hasta febrero de 2023. En el título anida la referencia a Escritos de un salvaje, de Paul Gauguin, pero pronto cuenta que “abuelo salvaje” surge de la forma en que los periodistas y políticos denominaban a los adultos mayores y que el otro término tiene que ver con un “no jodan, estamos acá”.
En el ambiente principal hay, lógicamente, una biblioteca con cientos de libros. En otros, también. Sobre la mesa ratona destaca el posavasos de Maradona y, si bajamos la vista un poco más, están los discos de Leonard Cohen y Luis Miguel con los que lograba relajarse y meditar durante la pandemia.
En el libro Abraham cuenta que está cansado, que deja de estudiar (¿y ahora, qué hace un profesor sin estudiar?), que llora y valora hacerlo acompañado por quien ama, que extraña los abrazos de sus nietos, organiza la Pascua judía por Zoom y que toma conciencia de la fragilidad.
En Diario de un abuelo salvaje aparecen, inevitablemente, Michel Foucault ―a quien conoció en París y considera su “maestro”―, Jean Paul Sartre, Platón, Hegel, George Canguilhem, Paul Veyne, Walter Benjamin, Martin Heidegger, Gilles Deleuze, Friedrich Nietzsche entre otros. Entre Mario Levrero, Gustave Flaubert y Joseph Roth en su camino de lecturas, quien más lo conmovió fue Camila Sosa Villada con Las malas. “La mejor prosa concebible en lengua castellana”, dice y sigue: “Fue el único libro que provocó en mí alguna alteración, un cuestionamiento y me hizo pensar contra mí mismo”. Del caos de la pandemia, del no saber, surge el pensamiento y la escritura de Tomás Abraham.
—En el libro dice que son tiempos de filosofía, que hay como una necesidad de pensar. ¿Por qué? ¿En qué?
—Creo que eso me lo dije a mí mismo. Estaba en una situación de cambio, de incertidumbre. Personalmente y colectivamente son épocas en que hay puntos suspensivos y eso no significa gran cosa tampoco. El tema del pensamiento tiene que ver con no saber, porque cuando aparece algo que el hombre no puede incorporar porque no tiene antecedentes, porque no lo puede asimilar, piensa. Han pasado dos cosas, una a nivel personal y otra a nivel mundial. A nivel personal, mi operación de corazón, y a nivel mundial la pandemia. Y los dos me dejaron consternados. Sentí vulnerabilidad y el mundo en el que uno entra, cuando lo internan, es el del tiempo suspendido.
―¿Cómo está ahora?
―Estoy muy bien. Para alguien que no es negligente con su salud, porque yo me hacía mis chequeos, tenía mi médico y todo estaba bien, fue difícil. Era alguien que hacía deporte, que tenía un relojito. ¿Y esto qué? ¿Cómo me cuido?, ¿Qué cambios de vida tengo que hacer?¿Otra vida? ¿En dónde se compra? ¿Qué góndola? ¿Qué hice mal? Los médicos te dicen que hiciste las cosas mal.
Te puede interesar: Las claves para ser feliz pueden estar, irónicamente, en la infelicidad
―En un pasaje del libro menciona cuando Foucault analiza la filosofía de los estoicos romanos, cuya cultura creía que había una disciplina que ayudaba a vivir y a morir. ¿Por qué buscamos constantemente recetas y fórmulas para vivir?
―Vivimos en una sociedad de dietología absoluta y una sociedad hipocondríaca, siempre está fuera de índice. Te dicen que la harina hace mal o la yema del huevo te aumenta el colesterol o te dicen lo contrario. Por lo tanto, estamos bajo prescripción permanentemente. Los dietólogos son tan numerosos como los psicoanalistas. Ahora, parece que en Argentina y en el mundo la pandemia ya pasó.
INFOBAE.COM
Editado por El Ateneo, en este “libro mestizo, trans, entre autobiografía y ensayo de ideas”, tal como él mismo define, Abraham recreó una memoria filosófica, un recorrido entre la incertidumbre, el horror y las reflexiones sobre la vejez, la familia, el amor, el poder, el tiempo, los recuerdos y el “tiempo suspendido” de la internación.
En las casi 300 páginas de Diario de una abuelo salvaje, el intelectual da cuenta de los cambios a partir de la pandemia: deja de estudiar, extraña, llora, también es feliz. Y escribe con un registro distinto. “Me pasé la vida peleando, con fricciones, rispideces y no tengo ganas de estar como un francotirador”, dice Abraham a Infobae Leamos y sigue: “En este momento mi deseo es poder aportar algo”.
El filósofo también dirá en este diálogo que vivimos en una sociedad hipocondríaca, que durante la pandemia los adultos mayores eran tratados como idiotas y discapacitados, que hay una meritocracia existencial, que tratar de “abuelitos” y mandarlos a cocinar era una “ternura fascista”―tema que también exploró en el capítulo “Operación Ternura” de su libro Historias de la Argentina deseada―, que está en contra de los que acuñaron el término “infectadura”, que hay un desprecio por la libertad, y también sobre las redes sociales, el clima electoral y la democracia en crisis. Dijo mucho más, pero vamos por partes.
Abraham recibe a este medio en su oficina ubicada entre Palermo y Chacarita para conversar sobre Diario de un abuelo salvaje, sus escritos en primera persona, entre lo íntimo y lo público, que van desde junio de 2020 hasta febrero de 2023. En el título anida la referencia a Escritos de un salvaje, de Paul Gauguin, pero pronto cuenta que “abuelo salvaje” surge de la forma en que los periodistas y políticos denominaban a los adultos mayores y que el otro término tiene que ver con un “no jodan, estamos acá”.
En el ambiente principal hay, lógicamente, una biblioteca con cientos de libros. En otros, también. Sobre la mesa ratona destaca el posavasos de Maradona y, si bajamos la vista un poco más, están los discos de Leonard Cohen y Luis Miguel con los que lograba relajarse y meditar durante la pandemia.
En el libro Abraham cuenta que está cansado, que deja de estudiar (¿y ahora, qué hace un profesor sin estudiar?), que llora y valora hacerlo acompañado por quien ama, que extraña los abrazos de sus nietos, organiza la Pascua judía por Zoom y que toma conciencia de la fragilidad.
En Diario de un abuelo salvaje aparecen, inevitablemente, Michel Foucault ―a quien conoció en París y considera su “maestro”―, Jean Paul Sartre, Platón, Hegel, George Canguilhem, Paul Veyne, Walter Benjamin, Martin Heidegger, Gilles Deleuze, Friedrich Nietzsche entre otros. Entre Mario Levrero, Gustave Flaubert y Joseph Roth en su camino de lecturas, quien más lo conmovió fue Camila Sosa Villada con Las malas. “La mejor prosa concebible en lengua castellana”, dice y sigue: “Fue el único libro que provocó en mí alguna alteración, un cuestionamiento y me hizo pensar contra mí mismo”. Del caos de la pandemia, del no saber, surge el pensamiento y la escritura de Tomás Abraham.
—En el libro dice que son tiempos de filosofía, que hay como una necesidad de pensar. ¿Por qué? ¿En qué?
—Creo que eso me lo dije a mí mismo. Estaba en una situación de cambio, de incertidumbre. Personalmente y colectivamente son épocas en que hay puntos suspensivos y eso no significa gran cosa tampoco. El tema del pensamiento tiene que ver con no saber, porque cuando aparece algo que el hombre no puede incorporar porque no tiene antecedentes, porque no lo puede asimilar, piensa. Han pasado dos cosas, una a nivel personal y otra a nivel mundial. A nivel personal, mi operación de corazón, y a nivel mundial la pandemia. Y los dos me dejaron consternados. Sentí vulnerabilidad y el mundo en el que uno entra, cuando lo internan, es el del tiempo suspendido.
―¿Cómo está ahora?
―Estoy muy bien. Para alguien que no es negligente con su salud, porque yo me hacía mis chequeos, tenía mi médico y todo estaba bien, fue difícil. Era alguien que hacía deporte, que tenía un relojito. ¿Y esto qué? ¿Cómo me cuido?, ¿Qué cambios de vida tengo que hacer?¿Otra vida? ¿En dónde se compra? ¿Qué góndola? ¿Qué hice mal? Los médicos te dicen que hiciste las cosas mal.
Te puede interesar: Las claves para ser feliz pueden estar, irónicamente, en la infelicidad
―En un pasaje del libro menciona cuando Foucault analiza la filosofía de los estoicos romanos, cuya cultura creía que había una disciplina que ayudaba a vivir y a morir. ¿Por qué buscamos constantemente recetas y fórmulas para vivir?
―Vivimos en una sociedad de dietología absoluta y una sociedad hipocondríaca, siempre está fuera de índice. Te dicen que la harina hace mal o la yema del huevo te aumenta el colesterol o te dicen lo contrario. Por lo tanto, estamos bajo prescripción permanentemente. Los dietólogos son tan numerosos como los psicoanalistas. Ahora, parece que en Argentina y en el mundo la pandemia ya pasó.
INFOBAE.COM